Los ciudadanos más vulnerables pagarán los excesos del PP

Publicado en Diario Información 14/01/2012) Si de esta dura crisis que estamos viviendo, fuéramos capaces de salir todos con más conocimiento de los asuntos económicos y más vigilantes con la gestión de los responsables políticos al mando de las instituciones públicas, “no habría mal que por bien no hubiera venido”. Muy especialmente en la Comunidad Valenciana y en Alicante, hemos vivido años con unos responsables políticos convencidos de que éramos punteros, la sociedad más dinámica y rica de España. Y había que celebrarlo invirtiendo en grandes eventos de escala global, multiplicando las inversiones en proyectos ostentosos de pura propaganda y dilapidando el dinero de todos en una exhibición de riqueza irresponsable y bochornosa.
Las pocas voces que alertaban de un futuro descalabro por el abandono de nuestra industria tradicional, del peligro del monocultivo inmobiliario y la especulación, de los riesgos de desatender y menospreciar a la educación, la formación y la investigación científica, de lo insostenible de derivar a la gestión privada y al lucro aspectos fundamentales de nuestros servicios sanitarios, de lo suicida de apostar por un crecimiento improductivo, desmesurado y depredador etc., eran tildadas de agoreras, de retrógradas o, simplemente, de aguafiestas.
Muchos ciudadanos y ciudadanas estarán ahora saliendo de esta pesada modorra de la opulencia. No éramos tan ricos como nos decían y, si lo fuimos, buena parte de nuestras potencialidades se fueron al sumidero del derroche y la corrupción, de la especulación y la nula previsión de futuro. La crisis no puede servir de excusa para todo. Aquí, en Alicante y en la Comunidad Valenciana, la hemos estado abonando durante años de despilfarro, irresponsabilidad e imprevisión. Por eso nos ha golpeado con especial dureza y por eso nuestra salida tendrá, ya lo está teniendo, un mayor coste social.
Algunos se sorprenden ahora al ver que, el mismo PP que nos decía que éramos el motor económico de España, que culpaba de todos los males a otros y que, cuando estalló la crisis mundial y se hundió su castillo de naipes, seguía apostando por su modelo de economía de escaparate mientras practicaba la política de tierra quemada, votando en contra de todas y cada una de las medidas propuestas por el Gobierno socialista para enfrentar la crisis, el mismo que llegó a reivindicarse sin sonrojo como “el partido de los trabajadores”, sólo unos pocos días después de instalarse en el poder sobre su sólida mayoría, ha despertado a la realidad y, sin retirarse los confetis ni retocarse las ojeras de tanta “fiestuqui”, la ha emprendido, desde el minuto uno, contra los ciudadanos más vulnerables, sin otro objetivo que hacernos pagar sus desmanes a todos, tapar la fuga con el más duro recorte social de la democracia, aprobado ahora desde su mayoría absoluta y, para más “inri”, pidiéndonos a todos, sentido de la responsabilidad.
A mediados de esta semana, el gobierno municipal que preside Sonia Castedo, ha hecho público ante los medios de comunicación su propuesta de presupuestos para el 2012, no sin antes expulsar de la sala de prensa a los concejales socialistas, demostrando su desprecio a los ciudadanos a los que representamos y dejando claro que para ellos el Ayuntamiento es algo de su propiedad.
Fuera de plazo y sin haber transmitido a la oposición información alguna, Sonia Castedo y su concejal de Hacienda, han seguido a rajatabla las instrucciones de recorte del gasto de Rajoy. Las circunstancias de la hacienda municipal obligan, dicen, pero conviene no olvidar que llevan gobernando más de 16 años y que serán los ciudadanos y los empleados municipales quienes soporten la mayor parte de las cargas del recorte. Más de un 20% del tijeretazo planteado en las cuentas municipales saldrá del bolsillo de los empleados y empleadas y el resto, tendrá su reflejo en la merma de servicios públicos de primer orden para los ciudadanos.
Acostumbrados a lo de siempre, desde el PP, señalarán a otros como responsables. Pero, aquí no ha habido cambio alguno de gobierno. El timón de las cuentas no ha cambiado de manos y los elevados niveles de endeudamiento no son la herencia de nadie, sino el resultado de años y años de imprevisión y descontrol del gasto. Repasar los datos de las liquidaciones presupuestarias del Ayuntamiento de diez años atrás, resulta revelador. Los ingresos de todo tipo, ya sean corrientes o transferencias de capital, así como la presión fiscal por habitante y las tasas, se han mantenido siempre por debajo de la media nacional, con una excepción, los ingresos procedentes de la actividad urbanística que en el año 2006 llegaron a duplicar su peso en el capítulo de ingresos en relación con la media nacional. Como si se pudiera vivir para siempre del boom inmobiliario, como si el término municipal y la especulación no tuvieran límites, se jugó a un crecimiento desmesurado del entramado urbano y, en consecuencia, de los servicios, sin prever su sostenibilidad económica ni apostar por inversiones que incrementaran y diversificaran la actividad económica de nuestra ciudad, ni exigir de la Generalitat el cumplimiento de los proyectos comprometidos, vitales para Alicante.
Al mismo tiempo que se incrementaban los gastos, se desaprovechaban oportunidades para impulsar el tejido productivo y se retrasaban inversiones que hubieran rearmado económicamente a Alicante, se seguía la máxima electoralista de congelar los impuestos y tasas locales. Se apostaba todo a una y, con la crisis financiera, se fue al garete el ladrillo y todo lo que colgaba de él. Eso explica que, desde 2008, la comparativa ingresos gastos corrientes arrojara un saldo claramente negativo y que se tuviera que recurrir al crédito hasta el punto de arrastrar a día de hoy una deuda cercana a los 180 millones de euros en plena crisis. Se ha dilapidado toda una década de crecimiento. Esta es y será la causa de los recortes y de las desorbitadas subidas en el transporte, el agua, el IBI, etc. y de otras que están esperando estratégicamente en el cajón a que pasen las elecciones en Andalucía, por si, por tercera vez, cuela el engaño.

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